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Del pujante románico al renacimiento, pasando por el gótico más esplendoroso, Castilla y León conserva en su territorio doce catedrales, doce monumentos ubicados en otros tantos centros históricos de primer orden, doce cuerpos vivos en su esplendor, también en sus achaques, con una historia que es la de los hombres que las levantaron y de las ciudades que las acogieron. Símbolos en piedra de muchas aspiraciones y voluntades, las catedrales castellanas y leonesas no sólo fueron, y son todavía, el gran referente en el paisaje urbano, sino que constituyeron en muchos casos el vehículo de una sociedad nueva. Documentos y tesoros artísticos conservados entre sus paredes ofrecen al viajero testimonio de “los trabajos y los días” de la sociedad medieval y sus afanes, y muestran una arquitectura que sigue viva sin desdeñar por ello sus innegables valores arqueológicos, porque, como ha descrito Fulcanelli, una catedral “es la ciudad dentro de la ciudad, el núcleo intelectual y moral dentro de la colectividad, al corazón de la actividad pública, la apoteosis de pensamiento, del saber y del arte”.
Astorga
La catedral de Astorga ha tenido distintas etapas constructivas, pero los añadidos de diferentes estilos no has desfigurado la traza gótica que le da unidad. Dentro de esa estampa dominante, incorpora en bella síntesis los lenguajes del gótico florido, el renacimiento, el barroco y el neoclasicismo.
La basílica astorgana de Santa María se empezó a edificar en 1471, concebida como ampliación de la antigua catedral románica. Lo primero en erigirse fue la cabecera, adscrita al estilo gótico florido español. En el atrio fue construida la fachada lateral, obra de Rodrigo Gil de Hontañón.
En la fachada principal, de estilo barroco y debida a Pablo Antonio Ruiz, sigue haciéndose patente la aportación de nuevos estilos: se levantó en 1708 sobre la anterior fachada románica y está profusamente decorada con escenas de la vida de Cristo. En la fachada principal, de estilo barroco y debida a Pablo Antonio Ruiz, sigue haciéndose patente la aportación de nuevos estilos: se levantó en 1708 sobre la anterior fachada románica y está profusamente decorada con escenas de la vida de Cristo. Las dos torres de la catedral de Astorga están integradas en la fachada de tal modo que en el interior conforman sendas capillas abiertas a la nave lateral.
Ya en el interior, su espacio gótico sorprende por su elevación y luminosidad. La iglesia es muy alta y esbelta de proporciones, con tres naves y tres capillas poligonales en la cabecera. Llama la atención el Retablo Mayor, obra de Gaspar Becerra en el siglo XVI, cumbre del manierista español. La sillería renacentista del coro y el órgano barroco son otras de las obras maestras conservadas en el templo, junto con la imagen bizantino-románica de principios del siglo XII de Nuestra Señora de la Majestad y el retablo hispano-flamenco de la Pasión, fechado en 1530.
En el claustro se encuentra el museo catedralítico, que presume de la más amplia colección de imágenes románicas de España, así como relicarios y algunas de las mejores piezas de orfebrería del siglo XVI. Son especialmente singulares la arqueta de Alfonso III, una “Lignum Crucis” del siglo XII, hecha de oro y pedrería; y una custodia de esmeraldas obra de Manuel Díez Crespo en el siglo XVIII.
León
Junto con la de Burgos, la catedral leonesa es el indiscutible tesoro gótico de Castilla y León. Situado en la parte oriental de la ciudad, la “Pulcra Leonina” es fiel aproximación del modelo francés de tres naves, amplio crucero y girola.
En los flancos del templo se alzan sendas torres coronadas por espléndidas agujas. La nave central se halla sostenida por doce pares de magníficas columnas que concluyen en el ábside, y cuatro columnas más en la del crucero.
La catedral tiene cuatro fachadas, las tres que corresponden a los portales de ingreso interior y la ábside. En la principal, sobre la que se alzan las torres de desigual altura, destaca un hermoso rosetón calado en el hastial. Tras las torres arrancan los arbotantes de la nave central.
Desde la fachada meridional puede contemplar el visitante el delicado encuentro de arbotantes de la nave central y los del crucero, culminando en la llamada Torre del Tesoro, del siglo XV. Más hacia el este aparece el cuerpo arquitectónico de la sacristía y el oratorio y la parte exterior de la cabecera catedralítica, con sus increíbles ventanales y vidrieras, así como sus finísimos arbotantes y toda la elegante estructura que hace resaltarla belleza de la ábside. La fachada septentrional es cerrada en su zona baja por el claustro.
Esperan al viajero más sensaciones en el interior de la basílica. Columnas, arcos, bóvedas, triforio… Todo es sutiliza y armonía, a lo que contribuyen decisivamente las vidrieras que parecen sustituir a los muros: estas 230 joyas, de perfecto trazo y colorido, que en algún caso alcanzan los doce metros de altura, procuran sorprendentes efectos lumínicos que bañan cada rincón de la basílica.
En las naves laterales, bajo las torres, se abren dos capillas, la de San Juan de la Regla y el Baptisterio. La girola tiene cinco capillas hexagonales, en las que se guardan valiosas obras pictóricas y escultóricas y diversos sepulcros.
Una portada de magnífica estatuaria y ornada con admirables relieves de piedra conduce al claustro, en cuyos muros pueden mirarse algunos frescos de la primitiva estancia. Y, desde allí, podrá el visitante acceder al museo catedralítico donde se guardan 1200 obras de arte sacro y profano.
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